Mi historia en pocas palabras
Mi afán por saber quién es Dios, y cómo me debo relacionar con Él comenzó muy pronto en mi vida. Al principio fue un camino pedregoso y poco provechoso.
Nací en Ohio en 1938. Mi padre había comenzado hacía poco tiempo su propio negocio, una compañía que fabricaba quemadores de petróleo usados para la calefacción de las casas. Los primeros años fueron duros. La compañía disponía de pocos fondos, y al comenzar la Segunda Guerra Mundial, él tuvo que hacer unos ajustes radicales, sólo para poder sobrevivir.
Aun a pesar de las inmensas exigencias que significaba aquel negocio, mis padres estaban profundamente dedicados a mis dos hermanas más jóvenes y a mí. Asistíamos a la iglesia episcopal de nuestro pequeño pueblo y les dábamos la prioridad a las vacaciones en familia. Nunca dudamos que nos amaran.
Yo decidí seguir a mi padre en la ingeniería, y pude asistir al Instituto de Tecnología de Massachusetts (M. I. T.), la mejor escuela de ingeniería de toda la nación. En Boston había muchas atracciones. Aunque la iglesia no ocupaba el primer lugar en mi lista, mantenía la costumbre de asistir a los cultos del domingo por la mañana.
Aunque la asistencia a la iglesia tenía su lugar en mi vida, yo sentía que me estaba perdiendo algo. Había muchas preguntas que quedaban sin respuesta; en especial, la más importante de todas: ¿Cómo me debo relacionar con Dios? Tampoco hallaba respuesta alguna en las clases de cálculo ni en las fiestas de las fraternidades.
Después de mi primer año en el colegio universitario, conocí a Wendy durante unas vacaciones de verano en Canadá. Tanto ella como su familia eran personas muy especiales… ¡y distintas! Eran personas amorosas, atractivas, que disfrutaban de la vida y hablaban con facilidad de una relación personal estrecha con Dios. Esto provocó mi curiosidad. Sin embargo, su vibrante fe no encajaba con mi enfoque lógico y racional. Seguí buscando.
Después de graduarme, comencé a trabajar en la industria aeroespacial en el mismo pueblo donde me había criado. Wendy y yo nos casamos un año más tarde, y comenzamos una familia. Pocos años después de esto, mi padre me pidió que me le uniera en el negocio de la familia: una pequeña compañía con doce empleados. Era un gran cambio, pero me pareció que lo correcto era que lo hiciera.
Dos golpes seguidos>
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