Dos golpes seguidos
Habíamos estado trabajando bien los dos juntos durante un poco más de un año. Mi padre era el mentor, y yo su suplente. Me imaginaba que estaría aprendiendo de él por lo menos durante otra década… hasta que recibí una llamada del departamento de policía en una fría mañana de febrero.
Mi padre, que tenía entonces sesenta y siete años, había sido hallado desplomado sobre el timón de su auto, evidentemente víctima de un ataque al corazón. Como era característico de él, un hombre tan trabajador, iba de camino al trabajo. A la edad de veintiséis años, me vi lanzado a la intimidante tarea de dirigir el negocio familiar.
Entonces, sólo unos pocos meses más tarde, una llamada me trajo en medio de la noche la increíble noticia de que nuestra fábrica se había incendiado. Sólo el valiente esfuerzo de nuestro departamento local de bomberos voluntarios impidió que la planta fuera destruida por completo.
Aquellos dos sucesos produjeron un inmenso impacto en mí. Sin embargo, había podido recuperarme a partir de mi propia fortaleza personal y de mis capacidades, pero ahora mi seguridad había quedado profundamente sacudida.
A pesar del gran ejemplo que me daban Wendy y su familia, no estaba seguro en cuanto a dónde acudir. Dios parecía estar muy lejos. Había quien me decía que para acercarse a Él hacía falta un “salto de fe”, pero mi mente les indicaba con toda firmeza a mis pies que no dieran salto alguno.
¿Qué me retenía? ¿Era mi orgullo? ¿Eran todas las cosas que yo sabía que estaban mal en mi vida? ¿Alguna vez podría llegar a ser digno de Dios?
Pasaron los meses sin que llegara respuesta alguna. Los retos del trabajo continuaban. Me sentía desalentado y confundido. Sin embargo, sentía que Dios, de una manera callada y persistente, me estaba atrayendo a sí.
Pasaban cosas pequeñas que me daban ánimo. Alguien me daba un libro que me ayudaba, o escuchaba a un conferenciante que respondía alguna pregunta clave. ¿Estaba llegando el momento de ver la luz del día?
El gran adelanto se produjo cuando por fin comprendí que sólo había una manera de seguir adelante y que ciertamente, exigía un paso de fe. Así llegué a la conclusión de que no iba a resolver este dilema de la forma en que manejaba normalmente los problemas.
Por vez primera en mi vida, lo solté todo, poniéndome en las manos de Dios tan plenamente como sabía. Esto fue lo que le dije: “Señor, no creo que yo necesite tenerlo todo calculado de antemano. Confío en ti, y quiero ser tuyo por completo. Me entrego a tu cuidado”.
Lo que siguió a esto fue asombroso. Experimenté una nueva clase de paz, seguro de que Dios me había aceptado tal como yo era, con mis complejos de intelectual, mi sentido de indignidad y todas las demás cosas. No me lo había ganado. No lo merecía. Pero Él aceptó mi cauteloso paso de fe y, a su vez, me recibió con los brazos abiertos. Ya no estaba distante. Me sentí lavado; limpio… por vez primera tenía una relación correcta con Él. Aunque había mucho que aún tenía que llegar a comprender, estaba convencido de que al fin había llegado al hogar.
Cuando miraba a mi pasado, podía ver un esquema muy claro. Dios había estado obrando desde siempre para acercarme a Él, guiándome en las decisiones que tomaba y en las amistades que desarrollaba. Su mano había estado sobre mí. Nunca se me había impuesto, ni me había empujado a nada, sino que había esperado pacientemente a que yo viera mi necesidad y reaccionara.
Mi mundo cambió. Pronto estuvo claro que esta nueva relación iría más allá de mi vida personal y familiar, para llegar a todas partes, incluso a mi trabajo. Para asombro mío, descubrí que podía integrar los domingos con los lunes, con gran beneficio para ambos. Esa práctica, en la que llevo ya más de treinta años, le ha dado una forma distinta a la manera en que nuestra compañía enfoca los negocios diarios, desde las relaciones con los clientes hasta nuestro interés por las personas, nuestra forma de manejar las finanzas y la puesta en práctica de nuestros valores más centrales.
A lo largo de los años, nuestro pequeño negocio ha crecido, hasta convertirse en el líder de nuestra industria, y nos hemos diversificado a base de desarrollar nuevas compañías. En estos momentos tenemos seiscientos cincuenta empleados y generamos más de cien millones de dólares en ventas. Nuestro “experimento” —reunir la fe con el trabajo— nos ha capacitado para ayudar a otros líderes de negocios del mundo entero que se encuentran en el mismo camino que nosotros.
Ahora bien, éste es el punto clave de todo.
Aunque yo no tenía idea de lo distinta que iba a ser mi vida, ese paso de fe —cuando me entregué a Dios y me puse a su cuidado— fue un punto crítico que tuvo unas consecuencias inmensas. Ése es el asunto en el que quiero centrar mi atención en este folleto. Examinemos juntos este viaje, que es el más importante de todos.
Una analogía tomada del mundo de los negocios >
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